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Experiencia con Frank O. Gehry

No se si os he contado que cuando acabé la carrera de arquitectura en la ETSAB me surgió una gran oportunidad que daría una vuelta a mi visión de la arquitectura: estuve trabajando en el estudio de Frank Gehry en Los Angeles (California).

  Fue una experiencia reveladora entre los años 2005 y 2006. El estudio era una gran nave industrial destinada básicamente como taller de maquetas, en el que descubrí un proceso de diseño totalmente experimental. Participé en el desarrollo urbanístico del Brooklyn Atlantic Yards, y de manera específica en el diseño del New Jersey Nets Arena; un estadio de básquet que iba a trasladarse a Brooklyn y que finalmente no se ejecutó.

Éramos un equipo de más de 20 arquitectos modelando maquetas físicas, que después se digitalizaban en 3D para poder seccionar en planta y añadir el programa. Aprendí a llevar un orden inverso al proceso de diseño que yo conocía: primero diseñábamos la forma y después se involucraban los usos. Eso dificultaba muchas veces la viabilidad de la forma desde un punto de vista funcional o estructural. Ahí estaba el reto! Y de ahí el análisis continuo en un formalismo muy determinado que permitiera pasar de la escultura a la arquitectura.

Fue un tiempo de gran aprendizaje, tanto de arquitectura como humano. La vida en California también es muy distinta… Pero centrémonos en la arquitectura: aprendí a hacer unas maquetas espectaculares. A trabajar madera, metacrilato, cartón, acetato, vinilo… Las pistolas de pegamento iban que volaban!

Pero también me di cuenta de que no quería ser una nueva Frank Gehry. Era muy consciente de que esa experiencia para mi era un espejismo y que tenía que seguir explorando mi camino, porque sentía que necesitaba dar más valor a la parte final de ese proceso: las personas.

He de reconocer que volví a Barcelona muy desorientada. No sabía si existía esa otra manera de ejercer la arquitectura. Siendo muy joven había conseguido acercarme al sueño al que aspirábamos muchos estudiantes de arquitectura o recién licenciados: estar al lado de uno de los grandes y poder conseguir ser alguien como él. Al menos es lo que en la época de la universidad nos habían enseñado que era la excelencia profesional: ser un peso pesado en los grandes nombres que escriben la historia de la arquitectura. Al menos en mi generación era habitual regalarnos por los cumpleaños fotomontajes nuestros en portadas de la revista “El croquis” con nuestros proyectos! 

Encontrando mi lugar en el mundo

Siempre me habían interesado las optativas relacionadas con historia, estética… porque humanizaban la profesión. Pero yo quería materializar, no sólo analizar!! ¿Cómo podía combinar la parte humanista con el ejercicio de la profesión?

En esa vuelta a la realidad estuve trabajando en varios estudios de arquitectura en el que participé en proyectos realmente interesantes, principalmente hoteles de lujo y rehabilitaciones modernistas con Cristian Cirici, Carles Bassó y Factoria UDA.  El equipo humano era muy bueno, y trabajaba en proyectos muy atractivos, pero eso tampoco me llenaba: la arquitectura tenía que ser algo más que eso.

Los inicios

Por eso fui tirando de uno hilo que empezó con el Feng Shui. Ahora lo veo como una capa superficial, pero en ese momento me permitió explorar otros campos de conocimiento que me llevaron a descubrir que existían otros mundos. Durante los dos años de estudio, me hablaron de la geobiología, y de que en Alemania existía el centro de formación de referencia. Os podéis imaginar que me faltó tiempo para irme a Alemania!!! Y fue en el Hartmann Institute donde por primera vez supe que existía otro campo de conocimiento que relacionaba arquitectura y biología: la bioconstrucción. Eureka!! Eso era lo que yo buscaba!!

Las piezas empezaron a encajar, y recordé que cuando era pequeña me hubiera gustado estudiar medicina, pero me desmayo con la sangre! Así que elegí la siguiente profesión que me parecía que tenía mayor repercusión sobre la vida de las personas: la arquitectura.

Encontrar el Instituto Alemán de Baubiologie fue como encontrar la tierra prometida… Mi búsqueda incomprendida había encontrado un colectivo que la defendía, la conocía, la investigaba y la difundía. La nueva dinámica me llevó a dar un nuevo giro: tomarme un año sabático para viajar en bici por América del Sur. En fin, eso da para otro capítulo, pero el tema es que durante ese viaje, que también fue muy introspectivo y revelador, decidí que quería centrarme exclusivamente en la bioconstrucción. Quería hacer arquitectura para las personas, integrando sus necesidades físicas, biológicas, emocionales… 

En pleno viaje, estando en Ecuador, inicié la formación online del Máster en bioconstrucción del Instituto Español de Baubiologie: la sede española del IBN alemán. La formación con el IEB me aportó esa mirada transversal y profunda que necesitaba, y me siento muy afortunada de seguir vinculada a ellos como tutora del Máster desde el año 2013. También me dio el impulso, al volver del viaje en el año 2010, a abrir mi estudio “Arquitectura sana”, con la determinación de difundir, profundizar y experimentar la bioarquiectura.

La tribu: no estamos solos!

También en el año 2011 se inició la Asociación BAM, Bioarquitectura Mediterránea. BaM me acercó en Barcelona no sólo a campos de trabajo y talleres de construcción con tierra, con paja, piedra… sino a un grupo de personas mágicas con las que he crecido muchísimo y con las que soy muy afortunada de seguir caminando de la mano. No he encontrado una foto en la que salgan todas las personas importantes de ese momento (y que lo siguen siendo ahora)… Aquí van algunas de esos inicios!

Confianza y perserverancia

Desde entonces he recorrido un largo camino que no sigue siendo fácil. Por suerte cada vez la bioarquitectura es más evidente y se entiende como necesaria; cada vez cae más por su propio peso, pero aún así hay que seguir evidenciando sus valores y validando su existencia. Creo que he encontrado la aproximación a una profesión que me llena, aunque en un mercado que no siempre es suficiente maduro para lo que puedo ofrecer. Pero aún así, no desisto. Estoy satisfecha porque siento que mi intuición me ha ido llevando por el camino necesario. Siento que mi aportación a la arquitectura ayuda positivamente a la sociedad.

Así que animo a otras personas a creer en ellas mismas y encontrar su ikigai.

Para mi, mi profesión no es un trabajo, es una vocación. Y levantarme cada mañana con entusiasmo no tiene precio.

 

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